lunes , 26 septiembre 2022

La historia real sobre la vacuna de la viruela 1ra. manifestación en 1885 – Parte 3

Extractado del libro Desvaneciendo Ilusiones de Suzanne Humphries, Roman Bystrianyck https://dissolvingillusions.com/

La Gran Manifestación de Leicester (Inglaterra) en contra de la vacuna obligatoria, en 1885 y la experiencia democrática (rebelde)

Era el 23 de mayo de 1885 y, después de un invierno largo y duro, la ciudad industrial de Leicester (Inglaterra) disfrutaba de uno de los primeros hermosos días de primavera. Miles de personas de la ciudad y de otras de sus alrededores se juntaron para protestar contra la que consideraban una ley injusta que les había impuesto el Gobierno británico.
Aunque la vacuna contra la viruela se estaba utilizando desde el año 1800, el Gobierno no empezó a hacerla obligatoria hasta que se promulgaron las primeras leyes de 1840 y 1853. La de 1853 creaba la maquinaria gubernamental para obligar a que todos los niños fueran vacunados en los tres meses posteriores a su nacimiento.
Mediante una serie de disposiciones normativas dictadas a lo largo de varios años, el Gobierno británico, cuando se produjo la protesta de Leicester, ya había hecho delictiva la negativa a vacunarse, un delito que se podía castigar con multas o la cárcel. En marzo de 1884, en Leicester Mercury se leía lo siguiente:

Edward Irons fue citado por no cumplir la orden de vacunar a su hijo, de dos años. Dijo que tenía objeción de conciencia al acatamiento de la Ley de la Vacunación, y que además actuaba por consejo de su médico, quien afirmó que la vacuna no propiciaba la salud del niño, ni le iba a ser beneficiosa.
Uno de sus hijos había sido vacunado, una niña, y había sufrido considerablemente por sus efectos, y el padre no podía admitir que el niño corriera el mismo peligro. Luego apeló a las opiniones de varios caballeros médicos sobre los males de la vacunación, y dijo que pensaba que no era admisible que el Tribunal aplicara la ley ante una objeción de conciencia. El Presidente dijo que había algunas cuestiones que habían dado lugar a opiniones más diversas sobre el tema de la vacunación. Se había demostrado más allá de cualquier duda que la vacunación había hecho que la viruela cursara de forma mucho más leve. La opinión del Tribunal sobre el tema era unánime.
Sus componentes se regían por el bien público, y decidieron que la orden se debía cumplir en quince días. En caso contrario, el acusado sería condenado a una multa de veinte chelines. Lo mismo se aplicaría a todos los casos que se les presentaran.1

La Ley de Vacunación de 1867 consolidaba leyes ya existentes sobre la vacuna y fijaba multas para los padres que no presentaran a sus hijos para que fueran vacunados en los tres meses posteriores al nacimiento.

El siguiente punto de referencia en la historia de la legislación sobre la vacunación es la ley de 1867, la que se ha estado aplicando hasta hoy y con la que se determinan las penas para los no creyentes. Esta es la ley de vacunación de Inglaterra (en 1897)…2

A principios de la década de 1870, y a pesar de las acciones emprendidas por el Gobierno para conseguir una elevada tasa de vacunación, una epidemia masiva de viruela golpeó no solo a Leicester, sino a toda Inglaterra y otras partes del mundo. En Leicester hubo miles de casos de viruela y cientos de muertes, y sacudió en sus cimientos la creencia de las personas en los poderes protectores de la vacunación.

… a medida que iban pasando los años, cada vez eran más los padres que oían hablar, eran testigos o tenían experiencia propia de una lista creciente de complicaciones atribuidas a la vacuna. La epidemia de viruela de 1871-1872 fue un claro ejemplo para la gente de la ciudad, porque, pese a que había cumplido con la ley, unas 3.000 personas contrajeron la enfermedad, de las cuales murieron 358, algunas de ellas vacunadas según determinaba la ley.3

En el número de julio de 1884 de Leicester Mercury se publicó una carta que reflejaba el sentir de quienes habían perdido la fe en la vacunación.

Al observador juicioso no podrá sino parecerle peculiar que los recientes brotes de viruela se hayan producido en poblaciones en que se han aplicado rigurosamente las leyes que obligan a vacunarse. El 96 % de los niños que nacen en Londres son vacunados. Permítaseme preguntar si los hombres de medicina que han defendido y promovido un modo de proceder médico que la experiencia de ochenta años ha demostrado que es un fracaso estrepitoso y humillante, no deberían tener en consideración el bien público, dar marcha atrás y confesar que la vacunación, como otras prescripciones en su día populares como la inoculación, el sangrado y la mercurización, es una grave y funesta metedura de pata.4

Se estaba formando una gran ola. Inicialmente, se dictaron leyes cuando las personas rechazaron la vacuna al observar sus complicaciones.
Después la gente acató las nuevas leyes, pero las epidemias de viruela no cesaron. Luego, fueron más los que se rebelaron.
Aunque sin lógica alguna, el Gobierno tomó medidas para aumentar la tasa de vacunación, sirviéndose para ello de los pertinentes funcionarios para que denunciaran a los padres que se negaran a vacunar a sus hijos.

Después de la grave epidemia de viruela de 1870-1871, parte de la pandemia se extendió por toda Europa, se obligó a nombrar funcionarios que controlaran la vacunación, y las autoridades de Leicester, como en todas partes, intentaron obligar con mayor fuerza a vacunarse. Las denuncias en la ciudad pasaron de dos en 1869 a más de 1.100 en 1881, y a un total de más de 6.000 en doce años. De ellas, 64 derivaron en penas de cárcel, y 193 en embargo de los bienes; en este segundo caso, la aplicación era mucho más difícil debido a la simpatía popular por los acusados. Entre quienes desafiaron la ley estaban representadas todas las clases de la comunidad, y los que fueron perseguidos eran considerados como mártires.5

Ya desde los primeros días de la vacunación, muchas personas se movilizaron en contra de la ley, por la gran cantidad de niños que padecían graves problemas de salud y hasta la muerte por seguir el procedimiento.

Se debía fundamentalmente a los graves efectos secundarios y los daños para la salud que muchas personas habían vivido en su propia familia, o creían que los habían vivido, y que sin duda eran mucho más comunes en aquellos días de la vacunación de brazo a brazo, cuando se desconocía o no se entendía del todo la importancia de la asepsia… Muchos padres pensaban que obligarles a vacunar a su querido hijo que gozaba de buena salud, cuando se creía sinceramente que le podía ser perjudicial, constituía una interferencia intolerable en la libertad individual.6

Los castigos recayeron con mucha diferencia en los pobres, a quienes, si no podían pagar la multa por no cumplir la ley de la vacunación, se les embargaban las propiedades y se ponían a la venta pública. En el número de enero de 1884 de Leicester Mercury se informaba:

Un hombre llamado Arthur Ward tuvo dos hijos que enfermaron debido a la vacunación, y se negó a someter a otro a ella. Se le impuso una multa y el 24 de noviembre dos policías fueron a cobrarla o, en caso de que no la pagara, embargarle los bienes. El marido estaba en el mercado y la pobre mujer no tenía dinero para pagar. Los bienes de la planta baja parecieron insuficientes para cubrir el total de la multa, y los policías exigieron subir a la segunda planta. La mujer se negó a que lo hicieran, y los policías, con un lenguaje muy duro, la amenazaron con llevar a la cárcel a su marido, algo que aterró a la señora Ward. Estaba embarazada, y la impresión y el miedo por la situación le generaron unas dolencias que acabaron en un parto prematuro, y el 26 de diciembre dio a luz a un niño que murió en el parto. La mujer no logró recuperarse nunca, y falleció la semana pasada. El médico que ha atendido a la señora Ward dijo que, aunque creía en la vacunación, no pensaba que fuera obligación de ningún profesional aplicar las leyes de forma tan abusiva y brutal como la que se empleó en su caso.7

Ante las consecuencias graves y a veces fatales del procedimiento, y el terco apoyo del Gobierno a la vacunación obligatoria mediante multas y cárcel, las personas se sintieron empujadas a rebelarse. Salieron en grandes cantidades a protestar por las calles de Leicester. En el momento de la manifestación, se estaban aplicando miles de denuncias contra padres que se negaban a vacunar a sus hijos.

La amplia oposición a la aplicación de las cláusulas obligatorias de las Leyes de Vacunación que rigen en Leicester culminó ayer en una gran manifestación, que trascurrió con total éxito. La postura que los habitantes de la ciudad habían adoptado sobre este tema se debe a muchas causas. En este momento hay más de 5.000 personas encausadas por negarse a cumplir la ley… en 1884, las citaciones solo fueron siete, o poco más de una cada dos meses, mientras que hoy se ven y sentencian cuarenta y cinco denuncias todas las semanas. Pero ni siquiera la condena de cuarenta y cinco acusados a la semana basta para resolver la situación, y los incumplidores y objetores aumentan más deprisa que los casos que se pueden ver y sentenciar.8

A Leicester llegó una multitud procedente de varios condados distintos de Inglaterra, con personas de todas las profesiones.

A la manifestación… acudieron delegados de todas partes del país, y se recibieron muchas cartas de adhesión, no solo de Inglaterra, Escocia e Irlanda, sino de Jersey, Francia, Suiza, Bélgica, Alemania y América. La mayoría de las grandes ciudades del reino enviaron pancartas especiales, entre las que destacaron las de Yorkshire, las irlandesas y las escocesas. Los antivacunacionistas de Jersey enviaron una pancarta muy elaborada en que se leía que allí habían derrotado a las Leyes cuatro veces, y la pancarta de Bélgica decía en francés: «Ni las multas ni la cárcel evitarán que la vacuna sea un veneno, y las leyes de la vacunación, una infamia».9

La manifestación discurrió en un ambiente festivo, con música y cientos de banderas y pancartas con consignas del tipo: «La Libertad es nuestro derecho de nacimiento, y libertad es lo que exigimos», «Las personas no queremos leyes opresoras», «Las madres de Inglaterra exigimos la derogación », «Los Tres Pilares de la Vacunación: Fraude, Violencia y Locura» y «Ya no pedimos el control de nuestros hijos. Lo exigimos».

El alcalde de la ciudad recibió a los manifestantes, y presidió la reunión un miembro del consejo municipal. Una efigie de Jenner (considerado el padre de la vacunación) acompañaba a una horca de la que, a medida que avanzaba la manifestación, se le colgaba, una y otra vez. Los hombres que habían sufrido la mayor pena de cárcel habían construido una destacada figura, y otros, cuyos bienes habían sido embargados, llevaban muestras de utensilios otrora comunes, para admiración de los presentes. Se quemaron con alboroto y regocijo las ominosas leyes del parlamento. Una carreta en la que iban niños no vacunados llevaba un cartel que rezaba: «Quienes están sanos no necesitan médico».10

La característica más importante fue una gran cantidad de hombres que habían pasado por la dura experiencia de la cárcel antes que someterse a la ley. Luego había una gran cantidad de hombres a los que se les embargaron sus bienes y fueron vendidos en subasta pública, unos bienes que se sacaban de las casas y se transportaban en carretas. El grupo siguiente lo componían varios carros con niños no vacunados… seguidos por gran número de delegados, muchos de ellos de Londres, Leeds, Manchester, Halifax, Blackburn, Keighley, Bedford, Birmingham, Lincoln y Norwich. Entre otros elementos de la manifestación, había un caballo y una vaca, llevados en sendas carretas y exhibidos como origen de la vacunación.11

Tanto los artefactos como las consignas eran muy diversos. Uno de los objetos era una efigie del doctor Jenner con la inscripción «asesino de niños». Había también un cortejo fúnebre completo, con un ataúd sobre andas descubiertas, plañideras y demás, y la inscripción «otra víctima de la vacuna»…12


La procesión de dos millas de largo discurrió por la ciudad durante unas dos horas, recibiendo los saludos entusiastas en diversos puntos del trayecto. La gente de la ciudad mostraba su apoyo ondeando banderines y gritando consignas. La marcha siguió hasta el mercado.

… había una cantidad considerable de antivacunacionistas, y se formó una escolta, precedida por una pancarta, para acompañar a una madre joven y dos hombres que habían decidido entregarse a la policía y ser encarcelados antes que dar a sus hijos para que los vacunaran. La pobre mujer fue quien más simpatía despertaba, una mujer que se comportó con mucha valentía y, aunque fuera a perder su posición, manifestó su determinación de ir a la cárcel las veces que fueran necesarias antes que dejar a su hijo «al tierno cuidado» de un vacunador público. Los tres recibieron el apoyo de una multitud, y en Gallowthreegate se gritaron tres emotivos hurras en su honor, que se repitieron con más fuerza aún cuando traspasaron las puertas de las celdas policiales.13

Los organizadores de la manifestación calcularon que en ella habían participado entre 80.000 y 100.000 personas. El señor Carnicero Mayor de Leicester presidió y felicitó a la multitud por la magnífica y ordenada manifestación. Dijo:

… el comportamiento ejemplar de los muchos miles de personas que han asistido a la manifestación demostró que están decididas a utilizar medios exclusivamente constitucionales para conseguir la derogación de las Leyes.14

Se dirigió al público:

Muchos de los presentes habían sufrido las Leyes, y todos ellos preguntaban cuál sería su futuro y el de sus hijos. Estaban en este mundo para algo más que servir de experimento para la erradicación de una determinada enfermedad.
Una parte grande y cada vez mayor del público era de la opinión de que la mejor forma de librarse de la viruela y enfermedades similares era usar mucha agua, alimentarse bien, vivir en casas luminosas y aireadas, y ver que la Corporación mantenía las calles limpias y los desagües en condiciones.
Si se cuidaban estos detalles, no había que temer a la viruela, ni a ninguna de sus semejantes; y si se abandonaban, ni la vacunación ni norma alguna de la Ley del Parlamento podía salvarles.15

La multitud aplaudió con júbilo. A continuación intervino el señor William Young, secretario de la London Society:

El principio de las Leyes de Vacunación Obligatoria contraviene la libertad personal que constituye el derecho natural de todo británico nacido libre; destruyen los derechos de los padres, son tiránicas e injustas en su aplicación, y, por consiguiente, hay que oponerse a ellas con medios constitucionales.16

Al finalizar la manifestación, por la noche se celebró una reunión en Temperance Hall presidida por el Rvdo. J. Page Hopps. Se decoró la sala con banderas y pancartas en que se denunciaba la práctica de la vacunación.
En el estrado había delegados de más de 60 ciudades. El señor W. Stanyon propuso una resolución que fue aprobada por unanimidad.

Las Leyes de Vacunación Obligatoria, que convierten en delincuentes a padres amantes y conscientes, y les castigan con multas, la pérdida de sus bienes y la cárcel, propagan la enfermedad y provocan la muerte, y por las que hoy son juzgados cinco mil de nuestros conciudadanos, son un desprestigio para nuestras leyes, y deben ser abolidas de inmediato.17

Las personas que asistieron a la manifestación consideraban que había sido un magnífico éxito. El doctor Spencer T. Hall, de 73 años y residente en Blackpool, se emocionó al hablar de los acontecimientos de aquel día.
Dijo que sus lágrimas eran de alegría, por haber vivido para ver que la vacunación se ponía en entredicho.

Lo habían vacunado cuando tenía dos años, y le hicieron mucho daño; pero a los catorce años tuvo un ataque grave de viruela, del que salió con mejor estado de salud. Prefería mil veces más tener la viruela que ser vacunado.
Había pagado multas por todos sus hijos. En su larga y extensa experiencia nunca había visto consecuencias tan malas de la viruela como las que había visto de la vacunación.18

Aquellas personas no tenían miedo, y querían que se les dejara tomar sus propias decisiones sobre su salud y la de sus hijos, y por eso luchaban por la autodeterminación.

La temible mortalidad por viruela en la Leicester completamente vacunada y supuestamente bien «protegida» durante los años 1871-1872, produjo el efecto de destruir la fe de las personas en la vacunación «protectora». El
resultado fue que pobres y ricos por igual, trabajadores, aristócratas y las autoridades municipales, empezaron a negarse a vacunar a sus hijos y a ellos mismos. Tal oposición siguió hasta 1890, cuando la vacunación, en lugar de llegar al 95 % del total de nacidos, solo lo hizo a más o menos el 5 %.19

Miles de denodadas personas iniciaron una rebelión histórica que consiguió contrarrestar la creencia médica imperante y la norma que el Gobierno imponía con mano de hierro. La profesión médica proclamó que los residentes de Leicester sufrirían mucho por su decisión de dar la espalda a la vacuna. Pronosticaron que esa ciudad no vacunada, con su «material altamente inflamable»,20 sufriría con la «terrible enfermedad»,21 que se extendería como «el fuego descontrolado en una pradera»,22 y diezmaría la población.
Pero los dirigentes de Leicester se mantuvieron firmes en la que sabían que era la verdad, y pusieron en práctica con éxito su plan de salubridad, higiene y aislamiento, en lugar de la vacunación. Su magnífico experimento puso a prueba las propias ideas de libertad de decisión, autodeterminación y la base de una creencia médica errónea.

El experimento de democracia rebelde

La preocupación por la seguridad y eficacia de la vacuna, y por la intromisión del Gobierno en la libertad personal al hacerla obligatoria, avivó el fuego del movimiento mal llamado antivacuna (en vez se dice pro-ciencia). La gente empezó a oponerse al Gobierno y decidió pagar las multas. Algunos incluso aceptaban ir a la cárcel antes que vacunarse o dejar que vacunaran a sus hijos. Aquella decidida reacción culminó en la Gran Manifestación de Leicester (Inglaterra) en 1885.
Ese mismo año, al Gobierno de Leicester que había impulsado la vacunación mediante multas y penas de cárcel, le sustituyó un Gobierno nuevo contrario a la vacunación obligatoria. En 1887, la tasa de cobertura de la vacunación había caído al 10 %.

Desde 1885, no ha habido juicios, y en el último (1887), creía él, el número de vacunas en Leicester solo sumó entre el 11 % y el 12 % de los nacidos ese año. 1b

El «Método Leicester» se basaba en la cuarentena de los pacientes de viruela y la desinfección de sus casas. Pensaban que era un sistema económico y eficaz para eliminar la necesidad de la vacuna.

La última década ha sido testigo de un extraordinario descenso de las vacunas, pese a lo cual la ciudad ha disfrutado de una inmunidad casi total a la viruela, de modo que nunca ha habido en la ciudad más de dos o tres casos a la vez. La comisión de la Corporación ha implantado un nuevo método que se supone extraordinariamente útil, ya que la viruela es una de las enfermedades menos difíciles con las que han de tratar. El método de tratamiento es, en resumen, este: en cuanto aparece un caso de viruela, el médico y el cabeza de familia están obligados a informar inmediatamente a la Corporación. Se llama por teléfono enseguida al coche dispuesto para estos casos, para que haga todo lo programado y, en pocas horas, el enfermo está en el hospital. La familia y los residentes en la casa son puestos en cuarentena en cómodas dependencias, y la casa es desinfectada. El resultado es que en todos los casos la enfermedad se ha controlado pronto, por completo y a muy bajo precio. Con este sistema, la Corporación ha manifestado su opinión de que la vacuna es innecesaria, pues aseguran que tratan la enfermedad de forma más directa y mucho más eficaz. Se puede decir que esto, unido a la extendida creencia de que consecuencia de la vacuna han sido la muerte y la enfermedad, es la base en que se asienta la actual oposición a las Leyes.2b

Aunque era evidente que el Método Leicester era mejor que la vacunación, quienes obligaban obstinadamente a vacunarse pensaban que la inmunidad de que disfrutaba la ciudad de Leicester era pasajera, y que antes o después la ciudad padecería una gran epidemia de viruela. Estaban convencidos de que era inevitable una gran tragedia, que provocaría mucho sufrimiento a los desdichados que siguieran a sus dirigentes en una aventura que consideraban equivocada. Pensaban que el «gigantesco experimento» llevaría a una terrible «masacre», en especial entre los niños
«desprotegidos».

Sir Duminie Corrigan, doctor en Medicina, en su condición de miembro del comité en 1871, refiriéndose a la Ley de Vacunación, dijo: «Un niño no vacunado es como una bolsa de pólvora que puede hacer que toda la escuela estalle, y, por lo tanto, no debería ser admitido en la escuela si no se vacuna».3b

No se puede dejar de pensar que cuando la notable inmunidad a esta terrible enfermedad de la que se dice que goza la ciudad de Leicester desde hace ocho años se rompa… la corporación que ha prescindido de la vacunación estará dispuesta a poner todo su empeño en notificar y aislar todos los casos que se produzcan… Los niños desprotegidos son sobre los que caerá con mayor fuerza el azote, y el país de su alrededor sufrirá una epidemia…4b

Dejemos que quiten el cordón de personas protegidas, y las disposiciones de que tanto se vanaglorian demostrarán ser una ilusión; los enfermos no tendrán quien les cuide, y la propia industria de Leicester se verá invadida por una plaga que hará tambalear a las radicales autoridades del municipio, y que los miles de habitantes no vacunados ni revacunados suspiren por las bendiciones descubiertas por Jenner.5b

Los antivacunacionistas de Leicester, al haberse despojado en gran medida de la armadura de la vacunación, están librando una batalla desesperada e intrépida, pero equivocada, contra el enemigo… Pero en Leicester, cuando llegue su momento, no dejaremos de ver que se repiten las experiencias del siglo pasado, y sin duda habrá después menos niños a los que se deje morir de diarrea. Hay que confiar en que, cuando llegue la catástrofe, el Gobierno vea que sus enseñanzas se estudian y atienden debidamente.6b

A pesar de estas profecías apocalípticas de la profesión médica, la mayoría de los habitantes de la ciudad se mantuvo firme, porque la experiencia les reafirmaba en la creencia de que la vacunación no controlaba la viruela.
La profecía de que los habitantes de Leicester acabarían por ser asolados por el desastre nunca se cumplió.
Leicester gozó de mejor éxito contra la viruela que otras ciudades de Inglaterra altamente vacunadas. En el brote de viruela de 1893, el bien vacunado distrito de Mold en Flintshire (Inglaterra) tuvo una tasa de mortalidad 32 veces más alta que la de Leicester.

La viruela no solo puede afectar a ciudades bien vacunadas, sino que la vacunación más completa posible que quepa imaginar puede ir seguida de un brote generalizado de la enfermedad. Es lo que ocurrió en el distrito agrícola y minero de Mold, en Flintshire… Leicester, con una población de niños menores de diez años prácticamente sin vacunar, tuvo una tasa de mortalidad por viruela de 144 por millón; en cambio, en Mold, con todos los nacidos en los dieciocho años anteriores vacunados, la tasa fue de 3.164 por millón.7b

En el brote de viruela de 1891-1894 de que habla el doctor J. W. Hodge, en la muy vacunada ciudad de Birmingham hubo 63 casos de viruela y muertes por cada 10.000 habitantes, frente a 1 caso y 1 muerte por 10.000 habitantes en Leicester.

… Leicester tuvo menos de un tercio de casos de viruela y menos de un cuarto de muertes en comparación con la bien vacunada población de Birmingham; lo que demuestra que tanto la supuesta protección contra la enfermedad como la mitigación de su gravedad cuando ataca son absolutamente falsas, en este caso, en ausencia de vacunación.8b

La tasa de mortalidad por viruela por cien mil habitantes en Leicester durante el brote de 1892-1894 fue de 5,7. En Birmingham fue de 8,2, en Warrington, de 10, y en Middlesbrough, de 14,4. Con los años, en Leicester esa tasa fue bajando aún más. En el brote de 1902-1903, fue de 5,3, y en el de 1903-1904, bajó hasta 1,2.

La historia de la viruela en Leicester, y su exitosa reivindicación de unas buenas condiciones sanitarias como mejor profiláctico contra la viruela, será objeto del más minucioso escrutinio. En todas las epidemias ocurridas desde la vacunación, la incidencia de la enfermedad ha disminuido, con una mayor parte de personas no vacunadas y, sin embargo, una tasa de mortalidad más baja.9b

En 1904, C. Killick Millard, doctor en Medicina, por entonces ministro de Sanidad de Leicester, explicaba sus observaciones sobre la viruela y la vacunación. Antes pensaba que la vacuna ofrecía a la persona protección total, aunque temporal, contra la viruela. Pero después de lo sucedido en Leicester, el doctor Millard dio un giro radical a sus ideas, y tuvo que analizar de nuevo la relación entre vacuna y protección.

… el hecho de que estas profecías, que se iniciaron hace casi veinte años, no se hayan cumplido, hasta hoy, es una de las sólidas razones para examinar de nuevo la cuestión de la influencia de la situación de una comunidad en lo que a vacunación se refiere a la hora de determinar la incidencia de la viruela.10b

Al profundizar en su experiencia y sus conocimientos sobre la viruela, el doctor Millard refutó el mito de que las personas no vacunadas corrían mayor riesgo de contraer la viruela en caso de epidemia. Y es importante que señalara que los niños no vacunados no eran más propensos a contraer la enfermedad. También observó que, en general, los niños eran contagiados por adultos que habían sido vacunados.

El Peligro de que las Personas no Vacunadas Contraigan la Viruela.— Además, la experiencia de Leicester durante la reciente epidemia, como en la anterior (1892-1893) de hace diez años, parece demostrar que, donde se aplican las medidas modernas, las personas no vacunadas corren menos peligro de contraer la viruela, aun en presencia de la epidemia, de lo que normalmente se supone. Se predijo que una vez que la enfermedad afectara a los niños no vacunados de Leicester, se «extendería como el fuego». Yo mismo esperaba que así ocurriría cuando fui por primera vez a Leicester, lo cual me causó mucha angustia durante toda la epidemia. Sin embargo, aunque durante los
diez meses que duró la epidemia, la enfermedad atacó a 136 niños (menores de quince años), debido en gran parte a adultos vacunados en su día, no se puede decir que en algún momento la enfermedad mostrara tendencia a «arraigar» entre la población infantil nunca vacunada… Todo lo dicho basta para demostrar que el «Método Leicester» tuvo en esa ciudad más éxito del que se preveía.11b

Además, el doctor Millard señaló que la vacunación no era el procedimiento inocuo que se solía pregonar. Hizo la muy importante observación de que, aunque, efectivamente, la vacuna mitigaba la gravedad de la viruela, seguía sin poder detener la propagación de la enfermedad, porque tanto la versión grave como la leve eran contagiosas.

En este punto diría que, por lo que yo mismo he visto de la vacunación en Leicester, no la puedo considerar como la operación sin importancia que al parecer muchos de la profesión médica piensan que es. Interfiere de forma decisiva, aunque temporal, en la enfermedad, y es la responsable de efectos nocivos mucho peores… Si solo mitiga, dado que la forma más leve de viruela es tan contagiosa como la más grave, la viruela vacunada no es menos peligrosa para la comunidad que la no vacunada; por consiguiente, no hay razón, ni por lo tanto derecho, para obligar a vacunarse por ley.12b

Seis años después, en 1910, el doctor Millard llegaba a la conclusión de que la vacuna incidía en la limitación de la expansión de la viruela mucho menos de lo que normalmente se predecía, y que las personas no vacunadas no eran ningún peligro para la comunidad. Así pues, la vacunación obligatoria no estaba justificada.

Ha pasado otro año sin que se haya producido ningún caso de viruela en Leicester. Son ya cuatro años desde que se utilizó por última vez el hospital de la viruela, o cinco si se excluye el único caso de 1906. Como he señalado antes, la experiencia de Leicester demuestra que el peligro de que las personas no vacunadas contraigan la enfermedad, aun en caso de epidemia —dado que en el tratamiento de la enfermedad se han aplicado con éxito unos medios modernos— se ha exagerado un poco; por otro lado, no se ha insistido lo suficiente en el peligro de que las personas vacunadas propaguen la enfermedad —con la ocurrencia de casos muy modificados que se pueden «perder» con mucha facilidad—. Por lo tanto, es muy dudoso que siga siendo legítimo justificar la obligación de vacunarse, alegando, como tanto se hizo en su tiempo, que «las personas no vacunadas son un peligro para la comunidad».13b

Aun después de 30 años después del exitoso experimento de Leicester, había personas que seguían pensando que al final el desastre caería sobre los «estúpidos no protegidos» que estaban a favor de la no vacunación. Un artículo aparecido en The New York Times (complice de los laboratorios desde siempre) en 1914 decía:

… ha crecido una gran población de personas no protegidas, casi igual o mayor que la de protegidas, pues se dice que en Leicester el 75 % de la población no está vacunado. Hasta hoy no ha habido ningún gran desastre pero, por la experiencia de Canadá, un país duramente fustigado hace una generación porque dejó que se desarrollara una amplia población no protegida, podemos predecir con seguridad un terrible ajuste de cuentas en Inglaterra.
Se puede decir con todo derecho que es la forma que tiene la Naturaleza de eliminar a los locos que no tienen sensibilidad suficiente para vivir en las modernas multitudes, pero entre los muertos habrá muchos que habrán sido engañados por hombres que eran considerados expertos y merecedores de toda confianza. Quienes se oponen manifiestamente a la vacunación o que dicen a todo el mundo que espere a llegar al puente del peligro antes de cruzarlo, asumen en su alma una pesada responsabilidad.14b
La mayoría de los niños de Leicester siguieron sin estar vacunados. Algunos escolares desarrollaron la viruela, pero no hubo brotes importantes.

¿Cómo pudieron equivocarse tanto los especialistas médicos? En 1893, el profesor E. M. Crookshank,15b autor de Historia y Patología de la Vacunación y profesor de Patología Comparada del King’s College de Londres, expresaba
su opinión sobre la vacuna.

Lamentablemente, en la educación del profesional médico la creencia en la eficacia de la vacunación se ha impuesto con tanta fuerza, que hay muy escasas probabilidades de que en nuestra generación se reconozca plenamente la
futilidad de la práctica, aunque nada podría dar mayor crédito a la profesión y prueba de los avances de la ciencia de la patología y la higiene. Es más probable que cuando, mediante la notificación y el aislamiento, la viruela quede controlada, la vacunación desaparezca de la práctica, y solo conserve un interés histórico.16b

Visto en retrospectiva, el doctor Crookshank fue optimista al pensar que la futilidad de la práctica de la vacunación se reconocería en alguna generación. La vacuna contra la viruela se suspendió casi cien años después, pero nunca se reconoció el hecho de que la práctica era innecesaria y había causado sufrimientos y muertes innecesarios. De hecho, a pesar de todos sus graves problemas y la falta de pruebas de su efectividad, todavía se la considera el mejor ejemplo de vacuna para promover hoy la fe en la vacunación.
En 1948 se puso fin a la vacunación obligatoria en Inglaterra. Por entonces, el experimento de Leicester, que se llevaba aplicando hacía más de 60 años, había demostrado ser todo un éxito. En 1948, el doctor Millard afirmaba:

… en Leicester, durante los 62 años transcurridos desde que se dejó de vacunar a los niños, solo ha habido 53 muertes debidas a la viruela, y en los últimos 40 años, solo dos. Además, la experiencia de Leicester la confirma,
y con mucha fuerza, la de todo el país. La vacunación ha ido disminuyendo de forma constante desde que se introdujo la «cláusula de conciencia», y hoy no se vacuna a casi dos tercios de los niños que nacen. Sin embargo,
la mortalidad por viruela también ha disminuido hasta ser hoy casi insignificante. En los catorce años que van de 1933 a 1946 solo hubo 28 fallecimientos en una población de unos 40 millones, y de los 28 ninguno fue de algún niño de menos de un año.17b

En un artículo de Medical History de 1980, Stuart M. Fraser comentaba el éxito del Método Leicester.

Leicester destaca como ejemplo, tal vez el primero, de ciudad en que se introdujeron medidas distintas de la absoluta confianza en la vacunación para erradicar la enfermedad de la comunidad… Un sistema de notificación
inmediata, aislamiento y cuarentena de los contactos ha demostrado ser particularmente efectivo para contener y limitar la viruela.18b

Cuarenta y dos años después de su informe de 1904, el doctor Millard, que había sido ministro de sanidad de Leicester de 1901 a 1935, explicaba por qué creía que los expertos médicos de la época estaban equivocados. En el fondo había una serie de creencias sobre la vacunación que se autojustificaban.

Al volver la vista atrás, es interesante considerar por qué los especialistas médicos se equivocaron tanto en sus profecías sobre el desastre que provocaría el abandono de la vacunación universal de los niños. Probablemente se debió a la creencia, por entonces tan arraigada, de que la vacunación infantil, y solo ella, fue la que generó la gran disminución de la mortalidad por viruela que siguió a la introducción de la vacuna. En todos los manuales y todos los cursos sobre salud pública se reiteraba que era un caso claro de causa y efecto. Era aclamado, efectivamente, como el mayor triunfo de la medicina preventiva. No es extraño que los estudiantes de medicina lo aceptaran como un hecho científico indiscutible.19b

Las autoridades médicas solían servirse de gráficos para demostrar que la obligación de vacunarse iba paralela a un descenso de las muertes por viruela. Eran diagramas diseñados para ilustrar una aparente relación entre la tasa de vacunación infantil y la mortalidad por viruela. Pero eran unos gráficos erróneos. El doctor Millard decía también:

Hoy sabemos que la aparente correlación tuvo que ser una coincidencia, porque la mortalidad por viruela siguió bajando incluso después de que también disminuyera la vacunación, y de esto hace hoy 60 años. Evidentemente, tiene que haber habido otras causas del espectacular descenso de la mortalidad de la viruela desde principios del siglo XIX, y de todo el crédito que durante años se ha dado a la vacunación, quizá más del que merecía.20b

Después de la epidemia de 1892 de Leicester, disminuyeron tanto la tasa de vacunación como la de muertes por viruela (gráfico 7.1). En contraste con lo que los entusiastas de la vacuna dicen hoy, la mortalidad infantil general disminuyó después de 1885 al mismo tiempo que caían en picado las tasas de vacunación (gráfico 7.2). Es importante señalar que la tasa de muertes infantiles no empezó a cambiar hasta en torno a 1880. Décadas de estrictas leyes de vacunación no hicieron absolutamente nada para mejorar la esperanza de vida general de los niños de todos los grupos de edad.
Los principios innovadores de Leicester fueron decisivos en el declive de esta enfermedad de terribles consecuencias históricas.

Contrariamente a la creencia popular, la viruela no fue erradicada gracias a la vacunación masiva. Aunque inicialmente se intentó, demostró ser difícil de aplicar en muchos países, y fue abandonada en favor de la vigilancia y la contención. Estas exigían trabajadores formados que detectaran los casos, con recompensas para quienes los encontraran. Después, los casos y sus contactos eran aislados, y se vacunaba a los segundos.21b

Gráfico 7.1. Tasa de mortalidad de la viruela en Leicester (Inglaterra) comparada con la cobertura de la vacunación entre 1838 y 1910.

Gráfico 7.2. Tasas de mortalidad entre los diferentes grupos de edad de Leicester (Inglaterra) comparadas con la cobertura de la vacuna de la viruela entre 1838 y 1910.

El experimento de más de 60 años no solo demostró que el sistema era eficaz, sino también que el pensamiento científico oficial podía estar equivocado. A pesar del éxito de Leicester y el cambio de la expresión de la viruela hacia la de una enfermedad leve, en otros lugares los gobiernos siguieron empleando duras medidas apoyadas por la fuerza de la ley para obligar a la gente a vacunarse.
En 1902, Alderman Thomas Windley leyó una ponencia en la reunión anual del Real Instituto de Salud Pública de Exeter (Inglaterra). Windley llevaba 27 años de presidente de una comisión sanitaria, y en su alocución emplazaba a la profesión médica a reconocer el éxito de Leicester.

… [si] los males que concienzudamente creen que provocaría la ausencia de vacunación en una gran ciudad industrial como Leicester no se han producido, se les puede pedir con razón que consideren si no ha llegado el momento de que den cierto crédito a Leicester por lo que la ciudad ha hecho para acabar con los repetidos brotes de viruela, y por ser la primera en dar ejemplo de los métodos de mayor éxito para tratar esta enfermedad contagiosa repugnante y terrible, unos métodos que desde entonces ha empleado casi la totalidad de las grandes ciudades del país.22b

En 1911, el doctor J. W. Hodge publicó un artículo sobre cómo se controlaba la viruela en Leicester. Por aquel tiempo, el experimento «rebelde» llevaba ya décadas de éxito.

La experiencia del Leicester no vacunado es reveladora para las personas y una advertencia para los partidarios de la vacunación de todo el mundo. He aquí una gran ciudad industrial de casi un cuarto de millón de habitantes que ha demostrado, con la prueba irrefutable de una experiencia que dura más de un cuarto de siglo, que una población no vacunada ha sido mucho menos susceptible de contraer la viruela y mucho menos afligida por esta enfermedad desde que abandonó la vacunación que cuando en ella se vacunaba al 95 % de los niños y se revacunaba en buena cantidad a los adultos.23b

Yugoslavia, 16 de febrero-11 de abril de 1972

La OMS tuvo que aplicar una versión del Método Leicester en las últimas fases de sus campañas contra la viruela, cuando sus responsables vieron con claridad que no se podía confiar en la protección de la vacuna.
En Yugoslavia se produjo una epidemia de viruela que empezó en febrero de 1972. El caso que la desencadenó fue el de un yugoslavo que peregrinó a La Meca y contrajo la enfermedad en Iraq. Había sido vacunado en diciembre de 1971 en un centro de salud público.
Cuando, en abril de 1972, quedó controlada la epidemia, se habían producido 175 casos y 35 muertes. Un elemento de particular relevancia fue que entre la población de mayor edad la tasa de vacunación era muy alta, y la tercera ola de casos afectó casi en su totalidad a personas previamente vacunadas. El propio informe de la OMS dice:

En el grupo de edad de 20 o más años, hubo 92 pacientes que habían sido vacunados con anterioridad, y 21 que no. El número relativamente considerable de casos previamente vacunados entre los mayores de siete años
indica una sustancial disminución de la inmunidad posvacunal después de la primera vacuna, además de una falta de revacunación exitosa a los 7 y 14 años.24b

La primera muerte se produjo el 10 de marzo, y los funcionarios de sanidad no supieron que la causa fuera la viruela. El informe de la autopsia decía que la causa de la muerte fue alergia a la penicilina. La vacunación no empezó hasta el 16 de marzo.
La Comisión Epidemiológica Federal yugoslava sabía que la vacunación era inefectiva, pero decidió vacunar a 18 millones de ciudadanos. La vacunación tuvo que seguir hasta final de abril por la gran cantidad de vacunaciones que se consideraron fracasadas y hubo que repetir. Una pregunta evidente es cuántas vacunas de la viruela en los 200 años anteriores tampoco «arraigaron». Pero nadie lo sabía… Entretanto, también se aplicó el Método Leicester, y enseguida se puso en cuarentena a todos los casos.

Los contactos eran llevados a centros especiales de cuarentena (por ejemplo, el hospital de Djakovica y un motel cerca de Belgrado). También se montaron centros de cuarentena en casas particulares y en pueblos enteros, como
fue el caso de Danjane, Ratkovac y algunos otros.25b

La epidemia se extinguió rápidamente. Aunque se sabía que era infectiva, había que aplicar la vacunación si
se quería mantener la historia de que la vacuna era un éxito. Pero lo que realmente detuvo a la epidemia fue el uso del Método Leicester.

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Ir a Parte 2: Vacuna de la Viruela, vacunas contaminadas…

Ir a Parte 4: La historia real sobre la vacuna de la viruela – el estado, eugenesia y vacunación – Parte 4

  1. Stanley Williamson, «Anti-Vaccination Leagues», Archives of Disease in Childhood,
    vol. 59, 1984, p. 1195.
  2. Alfred Milnes, MA, «Statistics of Small-Pox and Vaccination, with Special Reference
    to Age-Incidence, Sex-Incidence, and Sanitation», Journal of the Royal Statistical Society, septiembre
    1897, p. 557.
  3. Stuart M. F. Fraser, «Leicester and Smallpox: The Leicester Method», Medical History, 1980, vol. 24, p. 330.
  4. Leicester Mercury, 3 de julio, 1884.
  5. C. Killick Millard, MD, DSc, «The End of Compulsory Vaccination», British MedicalJournal, 18 de diciembre, 1948, p. 1073.
  6. C. Killick Millard, MD, DSc, «The End of Compulsory Vaccination», British Medical Journal, 18 de diciembre, 1948, p. 1073.
  7. Stanley Williamson, «Anti-Vaccination Leagues», Archives of Disease in Childhood, vol. 59, 1984, pp. 1195-1196.
  8. «Anti-Vaccination Demonstration at Leicester», The Times, 24 de marzo, 1885.
  9. «Anti-Vaccination Demonstration at Leicester», The Times, 24 de marzo, 1885.
  10. «A Demonstration Against Vaccination», Boston Medical and Surgical Journal, 16 de abril, 1885, p. 380.
  11. «Anti-Vaccination Demonstration at Leicester», The Times, 24 de marzo, 1885.
  12. «Anti-Vaccination Demonstration at Leicester», The Leeds Mercury, 24 de marzo, 1885.
  13. Stanley Williamson, «Anti-Vaccination Leagues», Archives of Disease in Childhood, vol. 59, 1984, p. 1195.
  14. «Anti-Vaccination Demonstration at Leicester», The Times, 24 de marzo, 1885.
  15. J. T. Biggs, Leicester: Sanitation Versus Vaccination, 1912, p. 117.
  16. Íbid.
  17. J. T. Biggs, Leicester: Sanitation Versus Vaccination, 1912, p.120.
  18. Íbid., pp. 125-126.
  19. J. W. Hodge, MD, «How Small-Pox Was Banished from Leicester», Twentieth Century Magazine, vol. III, n.º 16, enero 1911, p. 337.
  20. Íbid.
  21. «A Demonstration Against Vaccination», Boston Medical and Surgical Journal, 16 deabril, 1885, p. 380.
  22. B. O. Flower, «Fallacious Assumptions Advanced by Advocates of National and State Medical Legislation», Twentieth Century Magazine, vol. IV, n.º 24, septiembre 1911, p. 537.

Referencias de: El experimento de democracia rebelde

  1. b The Parliamentary Debates, vol. CCCXXVI, 1 de junio, 1888, p. 933.
  2. b «Anti-Vaccination Demonstration at Leicester», The Times, 24 de marzo, 1885.
  3. b J. W. Hodge, MD, «How Small-Pox Was Banished from Leicester», Twentieth CenturyMagazine, vol. III, n.º 16, enero 1911, p. 340.
  4. b «A Demonstration Against Vaccination», Boston Medical and Surgical Journal, 16 de abril, 1885, p. 380.
  5. b «Leicester, and Its Immunity from Small-Pox», The Lancet, 5 de junio, 1886, p. 1091.
  6. b C. Killick Millard, MD, DSc, «The End of Compulsory Vaccination», British Medical Journal, 18 de diciembre, 1948, p. 1073.
  7. b William Scott Tebb, MD, A Century of Vaccination and What It Teaches, Swan Sonnenschein & Co., Londres, 1898, pp. 93, 94.
  8. b J. W. Hodge, MD, «Prophylaxis to be Realized Through the Attainment of Health, Not by the Propagation of Disease», The St. Louis Medical and Surgical Journal, vol. LXXXIII, julio 1902, p. 15.
  9. b J. T. Biggs, Leicester: Sanitation Versus Vaccination, 1912, pp. 459-460.
  10. b J. T. Biggs, Leicester: Sanitation Versus Vaccination, 1912, p. 507.
  11. J. T. Biggs, Leicester: Sanitation Versus Vaccination, 1912, pp. 510-511.
  12. Íbid., pp. 513, 514.
  13. b J. T. Biggs, Leicester: Sanitation Versus Vaccination, 1912, pp. 406-407.
  14. b «Urges Necessity for Vaccination, Commissioner Goldwater’s Contention Indorsed by American Medicine, Canada’s Scourge Warns, England’s Neglect May Result in a Smallpox Disaster, Germany Keeps It Down», The New York Times, 5 de abril, 1914.
  15. b Edgar March Crookshank, Dr. en Medicina (Esp. Obstreticia), 1884; miembro delReal Colegio de Cirujanos de Inglaterra, 1881 (King’s College); Medalla de Oro en Anatomía en la primera Muestra de Bacteriología de Londres, 1879; profesor del King’s College; miembro de la Real Sociedad de Microscopía y de la Sociedad de Patología; catedrático de Patología Comparada y de Bacteriología, King’s College; cirujano titular del Hospital del King’s College, y cirujano del personal médico en la Campaña de Egipto (Medalla e Insignia Tel-el-Kebir, y Estrella de Khedive); director del Laboratorio Bacteriológico del King’s College de Londres.
  16. b Edgar March Crookshank, History and Pathology of Vaccination Volume 1: A Critical Inquiry, 1889, Londres, pp. 465-466.
  17. b C. Killick Millard, MD, DSc, «The End of Compulsory Vaccination», British Medical Journal, 18 de diciembre, 1948, p. 1074.
  18. b Stuart M. Fraser, «Leicester and Smallpox: The Leicester Method», Medical History,vol. 24, 1980, p. 324.
  19. b C. Killick Millard, MD, DSc, «The End of Compulsory Vaccination», British MedicalJournal, 18 de diciembre, 1948, p. 1974.
  20. b Íbid.
  21. b Derrick Baxby, «The End of Smallpox», History Today, marzo 1999, p. 16.
  22. b Thomas Windley, Leicester and Smallpox: Thirty Years’ Experience: A Paper Read at the Annual Meeting of the Royal Institute of Public Health, Held at Exeter, agosto 1902.
  23. b J. W. Hodge, MD, «How Small-Pox Was Banished from Leicester», Twentieth Century Magazine, vol. III, n.º 16, enero 1911, p. 342.
  24. b S. Litvinjenko, B. Arsic y S. Borjanovic, «Epidemiologic Aspects of Smallpox in Yugoslavia in 1972», Informe de la Organización Mundial de la Salud, Belgrado, Yugoslavia, 10 de mayo, 1973, http://whqlibdoc.who.int/smallpox/WHO_SE_73.57.pdf, consultado el 18 de julio, 2013.
  25. b S. Litvinjenko, B. Arsic y S. Borjanovic, «Epidemiologic Aspects of Smallpox in Yugoslavia in 1972», Informa de la Organización Mundial de la Salud, Yugoslavia, 10 de mayo, 1973, http://whqlibdoc.who.int/smallpox/WHO_SE_73.57.pdf, consultado el 18 de junio, 2013.