EL RÍO Y EL ÁRBOL DE LA VIDA. 1 Y me mostró un río de agua de vida, claro como cristal, que sale del trono de Dios y del Cordero3171. 2 En medio de su plaza, y a ambos lados del río hay árboles de vida, que dan doce cosechas, produciendo su fruto cada mes; y las hojas de los árboles sirven para sanidad de las naciones3172. 3 Ya no habrá maldición ninguna. El trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos lo adorarán, 4 y verán su rostro: y el Nombre de Él estará en sus frentes3173. 5 Y no habrá más
gentilidad. Dato ciertamente digno de atención y estudio; pero no nos apresuremos a juzgar sobre él
ni a criticar audazmente el divino Libro, y menos aún en materia como la escatología en que bien
puede decirse que estamos en pañales. Nuestro empeño ha de ser, cuando no vemos soluciones ni las
han visto otros, confesarlo para suscitar en el lector el anhelo ardiente de ahondar cuanto pueda la
investigación hasta que Dios quiera entregarnos la llave de los misterios adorables que envuelven lo
que tan de cerca interesa a nuestra eterna felicidad. Sobre los reyes, cf. también 20, 4.
3170 25 ss. Cf. Is. 60, 11; 35, 8; 52, 1. Véase en Ez. 44, 2 y 48, 35 y notas otros paralelismos y
diferencias entre esta Jerusalén celestial y la Jerusalén anunciada por los antiguos profetas.
3171 1. El agua que fluye es el símbolo de la vida inmortal perpetuamente renovada (cf. 21, 5 y nota).
S. Juan recuerda aquí a Ez. 47, 1-12 (cf. Sal. 45, 5; Is. 66, 12; Za. 14, 8). Así fluían también los cuatro
ríos del Paraíso (Gn. 2, 10 ss.). Los SS. PP. entienden este río de muy distintas maneras. Algunos, del
mismo Jesucristo; S. Ambrosio, del Espíritu Santo. Benedicto XV, citando a S. Jerónimo, dice: “No hay
más que un río que mana de bajo el trono de Dios y es la gracia del Espíritu Santo, y esta gracia está
encerrada en las Sagradas Escrituras, en ese río de las Escrituras. Y éste corre entre dos riberas, que son
el Antiguo y el Nuevo Testamento, y en cada orilla se encuentra plantado un árbol, que es Cristo”
(Enc. “Spiritus Paraclitus”). ¿Acaso no son éstas, en el desierto de este siglo (Ga. 1, 4), el “agua viva”
que da Jesús (Jn. 3, 5; 4, 10; 7, 37 ss.), de la cual sale vida eterna (Jn. 4, 14; 17, 3)? En el v. 17 nos la
ofrece gratis desde ahora, como lo había hecho Is. 55, 1-11.
3172 2. En el nuevo Paraíso no habrá ya árbol prohibido y sí multitud de árboles de vida. El griego
no usa el término dendron = árbol, sino xylon, literalmente leño, que puede traducirle también
bosque. Véase 2, 7; Gn. 2, 9 ss. Su fruto cada mes: Estos frutos, de árboles plantados por el mismo
Dios (cf. Is. 60, 21) ¿no serán los que el Esposo y la esposa van a recoger después de la unión definitiva
en Ct. 7, 10-13? Hay que confesar que la mayoría de los enrolados como cristianos están harto lejos de
preguntarse estas cosas que tanto les interesan, y menos con la idea que muchos se hacen del cielo con
las almas solas, olvidando el gran hecho de la resurrección de los cuerpos (cf. 1 Co. 15; Rm. 8, 23; Fil.
3, 20 s.).
3173 4. Y verán su rostro: en una visión fruitiva (véase Jn. 17, 24 y nota; 1 Jn. 3, 2). Imaginando las
maravillas de esta Jerusalén de gloria que Dios prepara a los suyos, dice Bossuet: “Si en el cielo se
terminan todos los designios de Dios ¿qué obra no será ésa a cuyo creación todo el universo no ha
noche; ni necesitan luz de lámpara, ni luz de sol, porque el Señor
Dios lucirá sobre ellos, y reinarán por los siglos de los siglos3174.
CONFIRMACIÓN DE LAS PROFECÍAS DE ESTE LIBRO. 6 Y me dijo: “Estas
palabras son seguras y fieles; y el Señor, el Dios de los espíritus de
los profetas, ha enviado su ángel para mostrar a sus siervos las cosas
que han de verificarse en breve. 7 Y mirad que vengo pronto.
Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este
libro”3175. 8 Yo, Juan, soy el que he oído y visto estas cosas, cuando
las oí y vi, me postré ante los pies del ángel que me las mostraba,
para adorarlo. 9 Mas él me dijo: “Guárdate de hacerlo, porque yo
soy consiervo tuyo y de tus hermanos los profetas, y de los que
guardan las palabras de este libro. A Dios adora”.
EL TIEMPO ESTÁ CERCA. 10 Y díjome: “No selles las palabras de la
profecía de este libro, pues el tiempo está cerca3176. 11 El inicuo siga
servido sino de preparación, que Dios tuvo en mira en todo cuanto hizo, que ha sido el blanco de
todos los deseos divinos y concluida la cual Dios quiere descansar por toda la eternidad?” (Cf. 21, 18 y
nota). Pero en vano querríamos suponer cosas deleitosas más allá de Dios mismo, más allá del goce y
la posesión íntima de la divinidad (Jn. 17, 22 s.), incorporados al Padre en Cristo mediante la filiación
divina operada en nosotros por el Espíritu Santo (cf. 21, 7 y nota). En la introducción al Libro de la
Sabiduría mostramos esa síntesis de conocimiento y amor, semejante a la de la luz y el calor en un
rayo de sol. Pero aquí estaremos ya como fundidos y transformados en el mismo Sol divino (cf. Ct. 2,
6 y nota). Así, pues, en el v. 12 nos dice Jesús que su galardón viene con Él mismo, y Dios lo anunciaba
desde el Antiguo Testamento diciendo a Abrahán: “Soy Yo, tu inmensa recompensa” (Gn. 15, 1). Cf.
21, 23 y nota.
3174 5. Lucirá sobre ellos: cf. 21, 24. Reinarán por los siglos de los siglos: Con este anuncio definitivo
termina aquí la fase final de la profecía. Cf. 20, 4 y 6; Is. 60, 20. Lo que sigue es un epílogo para
confirmar su extraordinaria importancia y volver el ánimo del lector a la expectación de la Parusía de
Cristo, acto inicial de este último proceso revelado a S. Juan.
3175 7. No se trata aquí de mandamientos que cumplir, sino de palabras que retener y para ello hay
que conocerlas muy bien. Cf. 1, 3 y nota.
3176 10. No selles: no cierres, no ocultes, porque el tiempo está cerca y la venida de Cristo será
cuando menos se la espera (16, 15 y nota). Sobre el valor espiritual de esta actitud expectante, cf. St. 5,
7 ss.; 1 Jn. 3, 3 y notas. Nótese el contraste con lo que se le dice a Daniel cuando estos misterios
estaban aún muy lejanos (Dn. 12, 4). Ello confirma que en la Revelación divina no hay nada esotérico
ni reservado a una casta especial, nada incomprensible para los espíritus simples (Lc. 10, 21), sea en
doctrina o en profecía. “Lo que os digo al oído, predicadlo sobre los techos”, dijo el Señor en las
instrucciones a los apóstoles (Mt. 10, 27); y al Pontífice que lo interroga sobre su doctrina, le
responde: “Yo he hablado al mundo abiertamente. Interroga tú a los que me han oído, ellos saben lo
que Yo he dicho” (Jn. 18, 20). Recordemos que al iniciarse el cristianismo, en el instante de a muerte
del Redentor, el velo del Templo, que representaba su carne (Hb. 10, 20), se rompió de alto a bajo
(Mc. 15, 38), mostrando el libre acceso al Santuario celestial, que S. Pablo llama “el trono de la gracia”
(Hb. 4, 14-16). Lo mismo se nos enseña aquí con respecto a la profecía. “Preguntadme acerca de las
cosas venideras”, dice el Señor (Is. 45, 11). “Yo no he hablado en oculto… ni dije buscadme en vano…
en su iniquidad, y el sucio ensúciese más; el justo obre más justicia, y
el santo santifíquese más3177. 12 He aquí que vengo presto, y mi
galardón viene conmigo para recompensar a cada uno según su
obra3178. 13 Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el
principio y el fin3179. 14 Dichosos los que lavan sus vestiduras para
tener derecho al árbol de la vida y a entrar en la ciudad por las
puertas3180. 15 ¡Fuera los perros, los hechiceros, los fornicarios, los
Yo hablo cosas rectas” (Is. 45, 19); “desde el principio jamás hablé a escondidas” (Is. 48, 16). Es de
notar que las célebres palabras de la Vulgata: “Tú eres un Dios escondido” están en el citado capítulo
(Is. 45, 15), puestas en boca de los extranjeros paganos y desmentidas por las que hemos transcripto.
Por lo demás, otra versión según el hebreo dice: “Tú eres Dios y yo no lo sabía”. Es muy interesante
observar en el mismo Isaías cómo Dios sólo esconde su rostro cuando está indignado (Is. 8, 17; 54, 8;
57, 17; 64, 7). Y lo explica el profeta diciendo: “Vuestros pecados son los que han escondido su rostro
de vosotros” (Is. 59, 2); “porque la sabiduría no entrará en alma maligna” (Sb. 1, 4). Es la
bienaventuranza de los limpios de corazón, que “verán a Dios” (Mt. 5, 8 y nota). Así lo entiende
también S. Agustín en la doctrina de la “mens mundata”. Y se aplica una vez más la fórmula del
Crisóstomo: “El que no entiende es porque no ama”. Véase 1, 3; 2, 24 y notas. Cf. 10, 4.
3177 11. Pirot trae esta notable observación de Andrés de Creta: “Es como si Cristo dijera: que cada
uno obre a su guisa: Yo no fuerzo las voluntades” (cf. Ct. 3, 5 y nota). Buzy traduce la primera parte
en futuro: el impío seguirá adelante; siga también el justo. Es decir, que “la sorpresa de la Parusía o el
Retorno será tal que cada uno será hallado en su habitual estado: el pecador en su pecado; el justo en
su justicia” (Calmes).
3178 12. Vengo presto: cf. v. 2 y nota sobre el premio que aquí se promete. Cuatro veces repite
Cristo, en este capítulo final de toda la Biblia, el anuncio de su Venida (vv. 7, 10, 12 y 20), porque ella
es la meta y cumplimiento del plan de Dios y por lo tanto de la historia del género humano, o sea,
como dice el Cardenal Billot, “el acontecimiento supremo al cual se refiere todo lo demás y sin el cual
todo lo demás se derrumba y desaparece”. Como observa un escritor moderno, vengo presto no se
refiere necesariamente a un tiempo inmediato, sino que significa que Él viene con diligencia, que viene
a su tiempo, como lo hizo la primera vez (Ga. 4, 4). Es decir, que para ese encuentro anhelado Él está
pronto siempre (Ct. 7, 10) y así hemos de estar nosotros (v. 17). Ignoramos el día fijo (Hch. 1, 7) pero
conocemos las señales próximas del día (Mt. 24, 33; Lc. 21, 28; cf. IV Esd. 5, 1 s.), y aún podemos
apresurarlo (2 Pe. 3, 12). Y aquí se aumenta nuestro consuelo al saber que vendrá sin demora no bien
suene el instante (2 Pe. 3, 9). En cuanto a nosotros, esta espera, como bien dice un predicador,
comporta la esperanza de que Él llegue en nuestros días, pues su anuncio, repetido por S. Juan mucho
después de la caída de Jerusalén, ya no podría confundirse con aquel acontecimiento. Si se nos dice
que vivamos esperando a Jesús y que “el tiempo está cerca” (v. 10), ello significa la posibilidad de que
Él llegue en cualquier momento, sin que nada pueda oponerse a la dichosa esperanza (Tt. 2, 13), pues
vendrá “como un ladrón” (16, 15), esto es, aunque muchos piensen que aun no se han cumplido los
signos precursores. Mi galardón: porque éste es Él mismo (cf. v. 4 y nota). No obstante que la
Redención fue obtenida por la divina Víctima en el Calvario (Col. 2, 14; Hb. 9, 11), tanto el Señor
como los apóstoles insisten en que ella será manifestada cuando Él venga (Lc. 21, 27; Hch. 3, 20 s.;
Rm. 8, 23; Ef. 1, 10; Fil. 3, 20 s.; Col. 3, 3 s. Hb. 9, 28; 1 Pe. 5, 4; 2 Pe. 2, 19; 3, 13; 1 Jn. 3, 2 s., etc.).
3179 13. Aplicados indistintamente al Padre y a Cristo, como observa Gelin (1, 8 y 17; 2, 8; 21, 6; Is.
41, 4; 44, 6; 42, 12), estos títulos muestran en Ambos, tanto la potestad creadora como la judicial. Cf.
20, 11 y nota.
3180 14. Vestiduras, literalmente estola. El mismo Jesús es la Puerta (Jn. 10, 9), pues sin su Redención
nadie entra en la Jerusalén celestial (21, 10). Cf. 21, 27; Hb. 9, 14; Jn. 14, 6. La Vulgata añade aquí,
como en 1, 5 y 7, 14 en la Sangre del Cordero.
homicidas, los idólatras y todo el que ama y obra mentira!3181 16 Yo
Jesús envié a mi ángel a daros testimonio de estas cosas sobre las
Iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella esplendorosa y
matutina”3182. 17 Y el Espíritu y la novia dicen: “Ven”. Diga también
quien escucha: “Ven”. Y el que tenga sed venga; y el que quiera,
tome gratis del agua de la vida3183.
EPÍLOGO
18 Yo advierto a todo el que oye las palabras de la profecía de
este libro: Si alguien añade a estas cosas, le añadirá Dios las plagas
escritas en este libro3184; 19 y si alguien quita de las palabras del libro de esta profecía, le quitará Dios su parte del árbol de la vida y de la
ciudad santa, que están descritos en este libro. 20 El que da
testimonio de esto dice: “Sí, vengo pronto”. ¡Así sea: ven, Señor
Jesús!3185 21 La gracia del Señor Jesús sea con todos los santos. Amén.
3181 15. En esta lista, como en 21, 8, se pone el acento más aún que en los pecados, en la doblez e
infidelidad, pues los celos del Amor ofendido son “duros como el infierno” (Ct. 8, 6). De ahí que los
perros, más que a los sodomitas como en Dt. 23, 18, designan aquí a los de Fil. 3, 2, que en Ga. 2, 4
se llaman “falsos hermanos” (cf. 2 Tm. 3, 5). El Señor lo usa para los paganos en Mt. 15, 22,
queriendo solamente probar la fe de la cananea. Más fuerte es el sentido que le da en Mt. 7, 6
aplicándolo a los que sería inútil evangelizar, pues rechazando la Palabra de amor de Dios (Jn. 12, 48)
se excluyen de la sangre salvadora del Cordero (v. 14) y bien merecen el nombre de perros. 3182 16. Las Iglesias: cf. 1, 1; 2, 28 y nota. La raíz etc., cf. 5, 5. La estrella… matutina: “Precursora del
Día eterno” (Jünemann).
3183 17. El Espíritu y la novia dicen: Ven: “Ven, Señor Jesús” es el suspiro con que termina toda la
Biblia (v. 20) y con ella toda la Revelación divina; es el mismo con que empieza y acaba el Cantar de
los Cantares (cf. Ct. 1, 1; 8, 14 y notas). El mismo suspiro de Israel para llamar al Mesías, es el que hoy,
con mayor motivo después de haberlo conocido en su primera venida, emite la Iglesia ansiosa de las
Bodas (19, 6 ss.). Aquí vemos que ese suspiro es igualmente el de cada alma creyente, que también es
novia (2 Co. 11, 2). Diga también quien escucha: Ven. El vehemente pedido de que Él venga sin
demora, nos parecería tal vez una insistencia egoísta y atrevida, como que pretendiera enseñarle a Él
cuando ha de venir (cf. v. 12 y nota). Bien vemos aquí, sin embargo, que es Él quien nos enseña que
así lo llamemos (cf. 2 Pe. 3, 12). Fácil es entender esto comparándolo con el caso de cualquier esposo
a quien la esposa ausente llamase con ansias, porque él lo es todo en su vida. ¿Cómo no habría de
complacerlo a él tal deseo de verlo, que es la mejor prueba del amor? Así la Esperanza es la mejor
prueba de la Caridad. Pero la amada no lo fuerza, porque sabe que sólo algo muy importante puede
detenerlo a que demore la unión (cf. 6, 10 s.; 2 Ts. 2, 3 ss.; Lc. 21, 24; Rm. 11, 25 ss.; 2 Pe. 3, 9): debe
antes completarse el número de los elegidos, y la novia ha de estar vestida de blanco (9, 17, s.), sin
mancha ni arruga alguna, como Él la quiere (Ef. 5, 25 ss.; cf. Cant. 4, 7 y nota; Os. 2, 19 s.; 3, 3-5). En
esto se vive, pues, muy intensamente el precepto de la caridad fraterna, al compartir la longanimidad
de Dios (Rm. 3, 26); y también el misterio de la comunión de los Santos, al solidarizar nuestra
esperanza con la de toda la Iglesia (como lo hacía todo buen israelita, cuya esperanza mesiánica se
confundía con la de todo Israel) y al aceptar de buen grado que esa plenitud de felicidad, que
esperamos junto con la glorificación del Amado, esté sometida, por obra de su insondable caridad
divina, a esa gran paciencia con que sólo Él sabe esperar a los pecadores durante el justo tiempo hasta
completar el ramillete que ha de ofrecer un día “a su Dios y Padre” (1 Co. 15, 24, Jn. 17, 2 y nota).
Sobre el agua de la vida véase v. 1; 21, 6 y notas. El tener sed es la condición para recibirla (cf. Sal. 32,
22; 80, 11; Is. 55, 1; Lc. 1, 53 y notas).
3184 18 s. Véase sobre esto los graves textos de Dt. 4, 2; 12, 32; Pr. 30, 6; Is. 1, 7. Sobre el que añade
cf. Dt. 18, 20; Jr. 14, 14. Sobre el que quita (v. 19) cf. 13, 18 y nota. Ser excluido del Libro de la vida
significa el lago de fuego (20, 15), o sea el infierno eterno (20, 9 s.). Como confirmando la maldición que caerá sobre los que falsifican las palabras de este Libro, leemos en el v. 17, la bendición de que
gozarán quienes guarden esta divina profecía. Véase en 1, 3 y nota la sanción bajo la cual el Concilio
IV de Toledo decretó la predicación anual del Sagrado Libro del Apocalipsis.
3185 20. ¡Ven, Señor Jesús! Véase v. 17 y nota. El Espíritu Santo nos enseña aquí a usar con nuestro
Salvador esa hermosa y breve expresión: el Señor Jesús, que tanto usaba San Pablo y que está muy
olvidada entre nosotros. Sobre este gran misterio de la Parusía como asunto de predicación y objeto
de nuestro constante anhelo, dice el Catecismo Romano: “Esta segunda venida se llama en las Santas
Escrituras día del Señor, del cual el Apóstol habla así: “El día del Señor vendrá como el ladrón por la
noche” (1 Ts. 5, 2) –es decir que dicho texto no se refiere a la muerte, como muchos creen– y agrega:
“Toda la Sagrada Escritura está llena de testimonios (y el comentario cita muchos, como 1 Sam. 2, 10;
Sal. 95, 13; 97, 8; Is. 66, 15 s.; Jl. 2, 1; Mal. 4, 1; Lc. 17, 24; Hch. 1, 11; Rm. 2, 16; 2 Ts. 1, 6 ss., etc.),
que a cada paso se ofrecerán a los Párrocos, no solamente para confirmar esta venida, sino aún
también para ponerla bien patente a la consideración de los fieles; para que, así como aquel día del
Señor en que tomó carne humana, fue muy deseado de todos los justos de la Ley antigua desde el
principio del mundo, porque en aquel misterio tenían puesta toda la esperanza de su libertad, así
también después de la muerte del Hijo de Dios y de su Ascensión al cielo, deseemos nosotros con
vehementísimo anhelo el otro día del Señor esperando el premio eterno y la gloriosa venida del gran
Dios”. El día y la hora nadie lo sabe (Mt. 24, 36), pero “el tiempo está cerca” (1, 3; Fil. 4, 5). Un día
veremos realizarse el anuncio (1, 7), y el Señor Jesús reinará con las santos del Altísimo (Dn. 7, 22), y
su reino no tendrá fin (Sal. 2, 8 s. y nota). Esta es la insuperable felicidad a que aspiramos y que
esperamos y que muy especialmente deseamos a todos los lectores de la Sagrada Biblia, al despedimos
aquí de ellos (hasta la próxima lectura, porque la primera es apenas para empezar) y decirles, como
Bossuet, que Dios les haga la gracia de repetir de veras este último llamado en el silencio gozoso de su
corazón
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