DIOS EN MEDIO DE SU PUEBLO
CIELO NUEVO Y NUEVA TIERRA. 1 Y Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían pasado, y el mar no existía mas3150. 2 Y vi la ciudad, la santa, la Jerusalén nueva, descender del cielo de parte de Dios, ataviada como una novia que se engalana para su esposo3151. 3 Y oí una gran voz desde el trono, que decía: “He aquí la morada de Dios entre los hombres. Él habitará con ellos, y ellos serán sus pueblos, y Dios mismo estará con ellos3152, 4 y les enjugará toda lágrima de sus ojos; y la muerte no existirá mas; no habrá más lamentación, ni dolor, porque las cosas primeras pasaron”. 5 Y Aquel que estaba sentado en el trono dijo: “He aquí, Yo hago todo nuevo”. Dijo también: “Escribe, que estas palabras son fieles y verdaderas”3153. 6 Y díjome: “Se han
3148 11 ss. Descripción del juicio final, cuya explicación encierra todavía muchos misterios para la exégesis moderna. Se diría que, como en 19, 11 ss. y en Mt. 25, 31 ss., el juez es Cristo, el Hijo a quien Dios entregó el poder de juzgar al mundo (Jn. 5, 22; Hch. 10, 42; 17, 31; Rm. 2, 16; 1 Pe. 4, 5 s.) después de haber hecho entrega de ese mismo Hijo “para que el mundo se salve por Él” (Jn. 3, 16-17). Sin embargo, los autores modernos (Fillion, Pirot, etc.) dan por seguro que S. Juan presenta aquí a Dios Padre a quien llama desde el principio “el que está sentado en el trono” (4, 9 y 10; 5, 1, 7, y 13; 7, 15, etc.) y que es el único juez supremo” (Gelin) Cf. 22, 13 y nota. Huyó la tierra, etc.: no es ya parcialmente, como en 6, 14; 16, 20, sino que aquí no hay más tierra de modo que, dice Pirot, “es imposible ubicar el lugar del juicio” y por tanto no puede aplicarse, como en Mt. 25, 31 ss., lo anunciado sobre el juicio de las naciones al retorno de Cristo en el valle de Josafat (Jl. 3, 2), ni expresa allí Jesús las otras características que aquí vemos, como la resurrección, el tratarse sólo de muertos (vv. 12 y 13) sin quedar ningún vivo (v. 9; cf. 1 Ts. 4, 16-17); los libros abiertos; la exclusiva mención del castigo y no del premio (vv. 14 y 15); el contenido general del juicio sin referencia a las obras de caridad (Mt. 25, 35 ss.), ni al Rey (íd. 34 y 40), ni a su Parusía, ni a sus ángeles (íd. 31), ni a sus hermanos (íd. 40), ni a las naciones (íd. 32), ni a la separación entre ovejas y machos cabríos (v. 33). Por ahí vemos cuánto debe ser aún nuestro empeño en profundizar la doctrina e intensificar nuestra cultura bíblica. Sobre el Libro de la vida, cf. 3, 5 y nota.
3149 14. Sólo aquí se ve que no habrá más muerte sobre la tierra. Por eso S. Pablo dice que “la muerte será el último enemigo destruido” para que todas las cosas queden sujetas bajo los pies de Jesús (1 Co. 15, 26; Ef. 1, 10) y Él pueda entregarlo todo al Padre (1 Co. 15, 24 y 28). La muerte y el Hades parecen personificar a los muertos que había en ellos (v. 13), no nombrándose el mar porque había desaparecido en el v. 11 como se deduce de 21, 1. De lo contrario nadie podría explicar por ahora el significado de ambos personajes.
3150 1. Habían pasado en 20, 11, sin duda junto con el mar, como aquí vemos. No se dice que esto sucediese mediante el fuego de 20, 9, sino que “huyeron” ante la faz de Dios (20, 11). También se habla de fuego en 1 Co. 3, 13 y en 2 Pe. 3, 12 (cf. notas), pero rodeado de circunstancias que no es fácil combinar con las que aquí vemos. Por ello parece que hemos de ser muy parcos en imaginar soluciones, que pueden ser caprichosas, en estos misterios que ignoramos (cf. 20, 11 y nota). Aquí, como observa Gelin, aparece a la vista de los elegidos “un cuadro nuevo y definitivo”, por lo cual parecería tratarse ya de lo que S. Pablo nos hace vislumbrar en 1 Co. 15, 24 y 28. Cielo nuevo y tierra
nueva se anuncian también en Is. 65, 17 ss. como en 66, 22 (cf. notas); pero allí aún se habla de algún muerto, y de edificar casas y de otros elementos que aquí no se conciben y que Fillion atribuye a “la edad de oro mesiánica” y Le Hir llama retorno a la inocencia primitiva (cf. Is. 11, 6 ss.; Ez. 34, 25; Za. 14, 9 ss.; Mt. 19, 28; Hch. 3, 21; Rm. 8, 19 ss.; etc.).
3151 2. Pirot observa que la Jerusalén de Ez. 40-48 era todavía terrestre, y añade que la de Is. 54, 11
ss. está descrita con un lirismo deslumbrante, pero no establece ni explica que haya diferencia entre
ambas (cf. v. 22 y nota). La Jerusalén que aquí vemos desciende toda del cielo, como dice S. Agustín y
es la antítesis de Babilonia la ramera (caps. 17-18); la imagen es tomada de la Jerusalén terrenal, pero
la idea es otra y no podemos confundirla con nada de lo que era la tierra, fuese o no transformada.
3152 3. La morada de Dios entre los hombres: Algunos suponen a este respecto que la substancia de
los elementos adquirirá nuevas cualidades convenientes y relativas a nuestros cuerpos inmortales.
Otros observan que en esta consumación definitiva de los misterios de Dios seremos en realidad
nosotros, y no las cosas eternas, los que nos transformaremos, como “nueva creación” (2 Co. 5, 17;
Ga. 6, 15) y asumiremos como tales esa vida divina. Desde ahora la poseemos por la gracia, pero
entonces la disfrutaremos plenamente con lo que se ha llamado el lumen gloriae. Porque esa vida
eterna, sin fin, tampoco tuvo principio y nosotros fuimos, desde la eternidad, elegidos para poseerla
gracias a Cristo (véase Ef. 1, 1 ss. y notas) y con Él y en Él como los sarmientos en la vid (Jn. 15, 1 ss.),
como los miembros en la cabeza (Col. 1, 19). ¿No es ésta la Jerusalén “nuestra madre” de que habla el
Apóstol en Ga. 4, 26? ¿No es éste el Tabernáculo “que hizo Dios y no el hombre” (Hb. 8, 2), “el
mismo cielo” donde entró Jesús (Hb. 9, 24), “la ciudad de fundamentos cuyo artífice y autor es Dios”
a la cual aspiraba Abrahán (Hb. 11, 10), “la ciudad del Dios vivo, Jerusalén celeste” a la cual convoca S.
Pablo a todos los hebreos (Hb. 12, 22)? Ella viene aún como novia, no obstante haberse anunciado
desde 19, 6 ss. las Bodas del Cordero. ¿Encierra esto tal vez un nuevo misterio de unidad total, en que
habrán de fundirse las bodas de Cristo con la Iglesia y las bodas de Yahvé con Israel? (Véase 19, 9 y
nota). He aquí ciertamente el punto más avanzado, donde se detiene toda investigación escatológica y
que esconde la clave de los misterios quizá postapocalípticos del Cantar de los Cantares (véase nuestra
introducción a ese Libro).
3153 5. Yo hago todo nuevo: Ya habló de cielo nuevo y tierra nueva (v. 1) y de la Jerusalén celestial
(v. 24). ¿Qué nueva novedad encierra todavía esta asombrosa declaración de Dios? Algunos la refieren
a lo precedente, como si fuera una redundancia. Parece sin embargo que en estos capítulos finales el
Padre acumula uno sobre otro los prodigios de su esplendidez hasta más allá de cuanto pudiera fantasear el hombre. Crampon lo considera simplemente como una nueva creación, algo que no está
ya expuesto a un “fracaso” como el de Adán, y comenta: “Es una renovación de este mundo donde
vivió la humanidad caída, el cual desembarazado al fin de toda manca, será restablecido por Dios en
un estado igual y aún superior a aquel en que fuera creado; renovación que la Escritura llama en otros
lugares palingenesía, o sea regeneración (Mt. 19, 28) y apocatástasis pántoon, esto es, la restitución de
todas las cosas en su estado primitivo (Hch. 3, 21)”. Bien puede ser sin embargo que Dios vaya más
lejos en ese empeño que el hombre no puede sino adorar sin comprenderlo ya, a causa de la estrechez
de nuestra mente y la mezquindad de nuestro corazón. Traigamos a la memoria las palabras de Dios
en Isaías: “Mira ejecutado todo lo que oíste… Hasta ahora te he revelado cosas nuevas, y tengo
reservadas otras que tú no sabes” (Is. 48, 6; cf. Is. 42, 9; 43, 19). Aquí es tal vez el caso de “volvernos
locos para con Dios” según la expresión de S. Pablo (2 Co. 5, 13) y admitir, como un kaleidoscopio
sub specie aeternitatis, un fluir de creación eternamente renovado para nuestro éxtasis, un fluir
inexhausto de “la sabiduría infinitamente variada de Dios” (Ef. 3, 10) y de su amor en Cristo “que
sobrepuja a todo conocimiento”, para que seamos “total y permanentemente colmados de Dios, a
quien sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones de la edad de las edades,
amén” (Ef. 3, 19-21).
cumplido. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que
tenga sed Yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la
vida3154. 7 El vencedor tendrá esta herencia, y Yo seré su Dios, y él
será hijo mío3155. 8 Mas los tímidos e incrédulos y abominables y
homicidas y fornicarios y hechiceros e idólatras, y todos los
mentirosos, tendrán su parte en el lago encendido con fuego y
azufre. Ésta es la segunda muerte”3156.
3154 6. El agua de la vida. Sobre esta imagen, que significa la inmortalidad, véase 7, 17; 22, 1; Is. 4, 1;
Ez. 47, 1-12; Jn. 4, 10 y nota.
3155 7. El mismo trato de hijo que tiene Jesús a la diestra del Padre, tal es lo que se nos ofrece para
siempre (cf. v. 23 y nota) y lo que desde ahora podemos vivir en espíritu (Ga. 4, 6; Ef. 1, 5 y notas).
Cumplida totalmente la adopción (Rm. 8, 23) oiremos del Padre lo mismo que Jesús oyó en Sal. 2, 7.
¿Qué somos pues nosotros en la vida de Dios? Lo que un niñito pequeño e insignificante es para su
padre: nada, en cuanto es incapaz de prestarle el menor servicio; todo, en cuanto es el objeto de
todos los desvelos y de los más bellos planes de su padre, que han de cumplirse en él (Rm. 8, 17; Ga.
4, 7).
3156 8. En contraste diametral con lo del v. 7, y ya sin ningún término medio, muestra este v. la
segunda muerte, o sea, el lago de fuego y azufre, el mismo infernal destino que la Bestia y el Falso
Profeta inauguraron según 19, 20 y adonde Satanás acaba de ser arrojado (20, 9 s.). Cf. 21, 6. Llama la
atención ver allí a los tímidos. Ni es esto lo que Israel llamaba santo temor de Dios (la reverencia con
que lo honramos), ni tampoco es lo que el mundo suele llamar cobardía, en los que no hacen alarde
de arrojo y estoicismo, pues la suavidad de las virtudes evangélicas no lleva por ese rumbo sino por el
de la pequeñez infantil (Mt. 5, 3; 18, 3; Sal. 68, 15 y 21 y notas). Los tímidos que no llegarán a este
cielo maravilloso son los que fluctúan entre Cristo y el mundo (Mt. 6, 24 y nota); los que se
escandalizan de las paradojas de Jesús (Mt. 11, 6; Lc. 7, 23 y notas); los de ánimo doble, que dan a
Dios todo, menos el corazón, lo único que a Él le interesa, y no se deciden a pedirle la sabiduría que Él
ofrece porque temen que el divino Padre les juegue una mala partida (St. 1, 5-8 y notas); los que se
dejan llevar “a todo viento de doctrina” (Ef. 4, 14; 1 Co. 12, 2; Mt. 7, 15) y, por falta de amor a la
verdad. concluyen siempre seducidos por la operación del error para perderse (2 Ts. 2, 10 y nota).
LA NUEVA JERUSALÉN. 9 Y vino uno de los siete ángeles que tenían
las siete copas llenas de las siete plagas postreras, y habló conmigo diciendo: “Ven acá, te mostraré la novia, la esposa del Cordero”3157. 10 Y me llevó en espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la
ciudad santa Jerusalén, que bajaba del cielo, desde Dios3158, 11
teniendo la gloria de Dios; su luminar era semejante a una piedra
preciosísima, cual piedra de jaspe cristalina3159. 12 Tenía muro grande
y alto, y doce puertas, y a las puertas doce ángeles, y nombres
escritos en ellas, que son los de las doce tribus de los hijos de
Israel3160: 13 tres puertas al oriente, tres puertas al septentrión, tres
puertas al mediodía, tres puertas al occidente. 14 El muro de la
ciudad tenía doce fundamentos, y sobre ellos doce nombres de los
doce apóstoles del Cordero. 15 Y el que hablaba conmigo tenía
como medida una vara de oro, para medir la ciudad, sus puertas y
su muro. 16 La ciudad se asienta en forma cuadrada, siendo su
longitud igual a su anchura. Y midió la ciudad con la vara: doce mil
estadios; la longitud y la anchura y la altura de ella son iguales3161. 17
Midió también su muro: ciento cuarenta y cuatro codos, medida de
hombre, que es (también medida) de ángel3162. 18 El material de su
muro es jaspe, y la ciudad es oro puro, semejante al cristal puro3163.
3157 9. El mismo ángel que antes le presentó a la ramera (17, 3) le muestra ahora a la novia. Cf. 4
Esd. 10, 25 ss.
3158 10. A un monte grande y alto: cf. Ez. 40, 2; Is. 2, 2.
3159 11. Cf. Tob. 13, 21-22; Is. 54, 11-12 y notas. Su luminar es Cristo (v. 23 s.).
3160 12. El muro (cf. v. 17 s.) no existía en la de Za. 2, 4. En ésta sólo es un atributo de su belleza
pues ya no teme ataques como en 20, 9. Nótese e simbolismo invertido de las doce puertas y doce
cimientos: aquéllas (lógicamente posteriores al cimiento) con los nombres de las doce tribus de Israel
(cf. v. 21) y éstos (v. 14) con los de los doce apóstoles, ¿No significa esto la unión definitiva entre los
dos Testamentos en el Reino del Padre? Cf. v. 2; 12, 1 y notas
3161 16. Cuadrada: (cf. Ez. 43, 16; 48, 15 ss.). Doce mil estadios: o sea 2.220 kilómetros (cf. 14, 20)
Como se ve, esta cifra parecería simbólica a causa de la magnitud e igualdad de las dimensiones, lo
cual significa perfección. No se puede, empero, asegurarlo, pues para Dios nada es imposible. En Ez.
48 16 la ciudad es cuadrada de 4.500 “cañas” de lado. “Interpretar en sentido figurado lo que
podemos interpretar en sentido propio, es digno de los incrédulos o de los que buscan rodeos a la fe”
(Maldonado). “La ciudad formaba un cubo perfecto, dice Fillion, como el Santo de los santos en el
tabernáculo de Moisés y en el Templo; lo cual quiere expresa que la nueva Jerusalén toda será el sitio
de la manifestación directa y muy íntima del Señor”.
3162 17. Es que el ángel se apareció en forma humana.
3163 18. Los preciosos metales y gemas pueden ser figuras materiales de aquella belleza inefable (2
Co. 12, 4) que “ni ojo vio ni oído oyó, ni pasó a hombre alguno por pensamiento” (Is. 64, 4; 1 Co. 2,
9). Mas no lo sabemos, y por tanto no hemos de empeñarnos en negar de antemano todo sentido
real y perceptible a estos esplendores, prometidos aquí por el mismo Dios que nos enseña la vanidad
del mundo presente. Bien podría el Enemigo, so pretexto de espiritualidad, quitarnos así el ansia de
tener “un tesoro en el cielo”, sabiendo él que “donde está nuestro tesoro está nuestro corazón” (Lc.
12, 33-34) ¿Acaso la belleza visible habría de quedar sólo para los pecadores de este mundo? ¿Por qué,
dice un autor, no cabría una perfección en el orden de la materia restaurada, pues que hemos de resucitar con nuestro cuerpo? El Dios de los crepúsculos, de las flores, de los lagos es quien nos hace
estas promesas. Si no le creemos a Él, dice S. Ambrosio, ¿a quién le creeremos? Si alegorizamos todo,
nos quedaremos sin entender nada. Hoy podríamos agregar que si la vidrieras de una catedral gótica,
por ejemplo, deslumbran nuestra sensibilidad aún carnal, con una belleza de color que nos parece casi
sobrehumana ¿por qué no abríamos de creer simplemente a Dios cuando nos promete toda esta
pedrería como un marco digno de la patria divina, sin perjuicio del amor puro pues ya no la
miraremos con afectos carnales? Véase v. 23; 22, 4 y notas.
19 Los fundamentos del muro de la ciudad están adornados de toda suerte de piedras preciosas. El primer fundamento es jaspe; el segundo, zafiro3164; el tercero, calcedonia; el cuarto, esmeralda; 20 el
quinto, sardónice3165; el sexto, cornalina; el séptimo, crisólito; el
octavo, berilo; el nono, topacio; el décimo, crisopraso; el
undécimo, jacinto; el duodécimo, amatista. 21 Y las doce puertas son
doce perlas3166; cada una de las puertas es de una sola perla, y la
plaza de la ciudad de oro puro, transparente como cristal. 22 No vi
en ella templo, porque su templo es el Señor Dios Todopoderoso,
así como el Cordero3167. 23 La ciudad no tiene necesidad de sol ni de
luna que la alumbren, pues la gloria de Dios le dio su luz, y su
lumbrera es el Cordero3168. 24 Las naciones andarán a la luz de ella y
los reyes de la tierra llevan a ella sus glorias3169. 25 Sus puertas nunca se cerrarán de día –ya que noche allí no habrá–3170 26 y llevarán ella
las glorias y la honra de las naciones. 27 Y no entrará en ella cosa vil,
ni quien obra abominación y mentira, sino solamente los que están
escritos en el libro de vida del Cordero.
3164 19. Zafiro: cf. Is. 54, 11.
3165 20. Sardónice: “un sardio mezclado con ónice. El sardio es amarillento o rojizo; cuando es
veteado con vetas regulares, se llama sardónice porque el ónice tiene vetas irregulares” (Jünemann).
3166 21. Perlas: en Is. 54, 12 las puertas son carbunclos (Vulg: “piedras deseables”).
3167 22. No habrá templo en ella. Cf. Ez. 44, 2 y nota sobre las diferencias con la que allí se describe.
Sin duda la ciudad misma será toda un santuario, y los comentadores exponen que en la Jerusalén
celestial no habrá altar ni sacrificios como en Ez. 43, 13 ss.; Sal. 50, 20 s. (cf. notas), suponiendo que al
renovarse todo (v. 5) habrán pasado los tiempos de la intercesión en el Santuario celestial (cf. Hb. 7,
24 s.). Dios y el Cordero serán el divino templo de la continua alabanza, así como serán también la
recompensa de la esperanza (22, 2 y nota; cf. Hb. 10, 19). Es muy hermoso ver aquí a Jesús con igual
gloria y honor que “su Dios y Padre”, ante quien se postraba con profunda adoración y a quien ya
habrá entregado el Reino para quedarle Él mismo sujeto por siempre “a fin de que el Padre sea todo
en todo” (1 Co. 15, 24 y 28). Cf. Ez. 48, 35.
3168 23. Cf. Is. 60, 19 s. Al admirar, con el alma colmada de gratitud, esos esplendores, no olvidemos
que todo viene de que el Cordero será el luminar, y que sin Él nada podría ser apetecible (cf. Sal. 15, 2
texto hebreo). La novia (v. 1) no desdeña el palacio que le brindará el Príncipe, pero es a él a quien
desea. Recordemos también que Jesús, esa lumbrera de los cielos, nos ilumina ya desde ahora si nos
dejamos guiar por su Palabra (Lc. 11, 36. Jn. 9, 5; 2 Tm. 1, 10; Sal. 118, 105 y nota). El misterio del Hijo
como antorcha de la claridad del Padre –luz de luz dice el Credo– es el que nos anticipa el Sal. 35, 10
al decir a Dios: “En tu luz veremos la luz”. A este respecto algunos autores desde la época patrística,
han distinguido entre los justos varias esferas de bendición. Parece fundado pensar que, siendo el
Cordero la lumbrera de la Jerusalén celestial, los que le están más íntimamente unidos y viven aquí de
la vida de Él con fe amor y esperanza, estarán incorporados a Él compartiendo su suerte (cf. v. 7; Jn.
14, 3; 17, 22-24) en lo más alto de los cielos (Ef. 1, 20; 2, 6) es decir, formando parte de ese luminar…
Hic taceat omnis lingua. Cf. 22, 4 y nota.
3169 24. La expresión usada aquí por el Apóstol recuerda el vaticinio de Isaías (Is. 60, 3). Cf. Za. 2, 11;
8, 23. Gelin hace notar que aún se mantiene aquí esa diferencia entre israelitas y naciones de la gentilidad. Dato ciertamente digno de atención y estudio; pero no nos apresuremos a juzgar sobre él ni a criticar audazmente el divino Libro, y menos aún en materia como la escatología en que bien puede decirse que estamos en pañales. Nuestro empeño ha de ser, cuando no vemos soluciones ni las han visto otros, confesarlo para suscitar en el lector el anhelo ardiente de ahondar cuanto pueda la investigación hasta que Dios quiera entregarnos la llave de los misterios adorables que envuelven lo que tan de cerca interesa a nuestra eterna felicidad. Sobre los reyes, cf. también 20, 4.
3170 25 ss. Cf. Is. 60, 11; 35, 8; 52, 1. Véase en Ez. 44, 2 y 48, 35 y notas otros paralelismos y
diferencias entre esta Jerusalén celestial y la Jerusalén anunciada por los antiguos profetas.
APOCALIPSIS Capítulos
1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8 – 9 – 10 – 11 – 12 – 13 – 14 – 15 – 16 – 17 – 18 – 19 – 20 – 21 – 22